En una gran institución, distintas personas pueden encargarse de las colecciones, la mediación cultural, la comunicación, la web y las herramientas digitales. En un museo pequeño, todas estas funciones suelen coincidir en un mismo escritorio, junto al teléfono, la caja de material educativo y la llave del almacén. Una solución adecuada debe reducir el trabajo, sin crear un nuevo puesto especializado que haya que cubrir.
Un centro pequeño también tiene una ventaja que no conviene subestimar: conoce de cerca sus colecciones, la historia local y a sus visitantes. Puede seleccionar con mayor rapidez los relatos esenciales y ponerlos a prueba sobre el terreno. No necesita catalogarlo todo digitalmente, desde la cucharilla hasta la teja. La primera versión debe facilitar la visita, no ganar un concurso por tener el mayor número de formularios.
Por eso, el alcance inicial debe ser reducido, completo y fácil de mantener. Es mejor publicar 10 puntos de visita cuidados en polaco e inglés que 150 fichas vacías que llevan meses esperando su «última actualización». Una exposición digital, como un jardín, luce mejor cuando alguien tiene realmente tiempo para cuidarla.

